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 – CAZADORAS –

En algún lugar del sur de Europa. Hace 60.000 años. 

Una reducida colonia de neandertales, de menos de un centenar de miembros, se afanaba por sobrevivir en un emplazamiento cubierto por el sotobosque y defendido por unas moles graníticas. 

A sus treinta y siete solsticios de verano, el viejo de la tribu, aunque lisiado en el andar, mandaba con mano firme. Todos se afanaban en sus tareas si querían ser dignos de recibir su ración de comida diaria. Todos no.  

Seis mujeres habían sido desposeídas de cualquier privilegio grupal y solo podían comer despojos cuando el resto dejaba algo para ellas. Sus labores se limitaban a recolectar pequeños frutos y bayas del bosque, además de avisar a la tribu del avistamiento de las manadas de caza. Desde su exilio, en una atalaya rocosa, observaban todo el entorno. No haber alumbrado nuevos miembros, por entre sus sangrantes muslos a sus avanzados dieciocho solsticios de verano, fue su perdición. Sin reproducción eran inservibles.  

La tribu sufría el azote de la falta de comida. Soñaban cada noche con rinocerontes lanudos y bisontes, pero sus rudimentarias armas eran más diestras para sacar animales menudos de sus escondrijos entre la floresta, que para enfrentarse cara a cara en la vasta estepa con aquellos peligrosos monstruos. El grupo mermaba con cada ciclo lunar. La única ingesta de pequeños roedores y lagomorfos no era suficiente para tensar los músculos de los cazadores, proteger la fecundidad femenina y el amamantamiento de los recién nacidos.

El grupo de seis mujeres pasaba los días observando el territorio de la estepa desde las alturas de su desahucio. Sus escasas obligaciones les permitían estudiar los movimientos de la fauna circundante, cuestionarse los puntos lumínicos que asaeteaban el firmamento de la noche y, aun con primitivos sonidos guturales, comunicarse entre ellas sobre necesidades que superaban las puramente fisiológicas. Más abajo, al abrigo de las cabañas del bosque, el resto de mujeres mantenían limpio el campamento, a sus hijos con vida y el fuego encendido. Los hombres, una tarde más, regresaron con la pobreza como resultado de la jornada: seis conejos, doce gorriones, una serpiente y un carnero que ya había sido medio devorado por los lobos a los que tuvieron que ahuyentar con gritos y piedras. Del todo insuficiente. La recolección vegetal tampoco alcanzaba a suplir la escasez de proteína animal. 

Si casi todos sufrían la desnutrición, seis estaban al borde de la inanición. Así que ellas optaron por tomar una drástica decisión sin contar con el beneplácito del viejo. Tras una noche de velados siseos, e instrucciones marcadas sobre la tierra al calor de una melancólica hoguera, acordaron un plan. Tres lunas preñadas después, coincidiendo con el vadeo migratorio del rio por los bucardos, lo llevaron a cabo. 

Al amanecer, la que conservaba mejor vista, se tumbó en lo alto del talud; cuando una turbia polvareda apareció en el horizonte, la mujer corrió junto a sus compañeras. El paso habitual consistía en sendos terraplenes que descendían hasta la rauda corriente que conectaba ambas orillas. A pesar de la escasa profundidad, en el punto central del rio, los natatorios bucardos no hacían pie y jadeaban inquietos para mantener la boca fuera del agua. Ellas sí hacían pie. La corriente les llegaba a los hombros. Todas se ataron por la cintura con cuerdas de esparto. Si una perdía el equilibrio el resto frenaría su arrastre por la corriente. Se cubrieron con una pequeña plataforma flotante elaborada con ramas y malas hierbas para ocultar sus cabezas. Los esperaron a mitad del paso. 

Los animales cruzaron en cacofónica y furiosa competencia. Centenares de bóvidos irrumpieron pateando con fuerza en el agua, para llegar a la otra orilla antes de que la fatiga los hiciera desfallecer. Cuando el grueso del grupo llegó a la altura de las pacientes cazadoras ocultas, las seis blandieron picas de bambú afiladas y salieron vociferantes a su encuentro. Los gritos agitaron el avispero de los temerosos animales; unos se auparon encima de los otros ocasionando la inmersión de los más jóvenes y débiles, otros cambiaron la dirección de su ruta azuzados por las lanzas que se hundían en sus lomos. La sangre empezó a teñir las aguas. Las mujeres se dejaron llevar por el paroxismo del momento. Algunas picas se quebraron en el dorso de los animales que se llevaron ensartadas rio abajo.          

Unos pocos intentaron enfrentarse a sus enemigas, pero se encontraron cercados de rugientes hembras que blandían cuchillos cortos de asta. La mayoría de bucardos pasaron el trance y salvaron la vida; algunos heridos llegaron a la otra orilla y murieron días después. Los menos afortunados, con profundos cortes, se golpearon en los rápidos y acabaron yaciendo despanzurrados al pie de un salto de agua. Finalizada la refriega, contaron un botín de catorce piezas adultas. 

Una de las mujeres salió a la carrera para avisar a la tribu de la proeza.  

El viejo llegó al pie de la cascada siendo porteado por un grupo de cazadores. El prometedor panorama le hizo pensar en el perdón de aquel conjunto de valientes mujeres. Pero antes de hablar, el jefe de los cazadores le susurró algo al oído. El viejo torció el gesto, asintió, les dedicó una última mirada de conmiseración a las mujeres y se alejó. Las cazadoras agotadas por la jornada y, prácticamente desarmadas, fueron degolladas por los hombres para mantener el statu quo.  

Los cuerpos de las cazadoras fueron empujados rio abajo. Al resto se les dijo que las cobardes mujeres habían traicionado a la tribu yéndose, al amparo de la noche, a la búsqueda de nuevos territorios. La carne de los bucardos alimentó a toda la tribu durante varios meses y la nueva técnica de cacería descubierta abrió una nueva perspectiva de prosperidad. La sangre de aquellas intrépidas mujeres, ahora olvidadas, aseguró la supervivencia de todo un pueblo. Miles de años después los supervivientes más capaces de aquellos moradores europeos se mezclaron con los emigrantes sapiens africanos.  

Lo que ocurrió después ya puede estudiarse en los libros de historia. 

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