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Escuchaba a mis padres discutir entre ellos de cosas que no entendía. Hablaban sobre mi abuelo buena parte del tiempo en que creían que yo no prestaba atención. Ninguno de los dos veían con buenos ojos que me aventurara solo con él en sus excursiones urbanas. Ahora que soy padre entiendo sus reticencias y eso que no lo saben todo… ni lo sabrán. Mi abuelo nunca les contó que detenía el tráfico en mitad de la avenida con el brazo en alto con tal de que a mí no se me derritiera el helado y pudiéramos cruzar lo antes posible a la acera en la que daba la sombra. Del día en que nos colamos en la base militar abandonada donde en su adolescencia había desempeñado tareas de cocinero, conductor y correveidile tampoco le dijimos nada a nadie (allí había suficientes hierros oxidados y cristales rotos como para haber hecho infartar a mi madre). Después vinieron sus lagunas de memoria… Pero de lo que yo recuerdo, solo me afectaban en que me compraba tres helados en vez de uno y me contaba sus batallas por duplicado. Mis padres decían que estaba muy flaco, que comía poco y que se estaba quedando sin fuerzas. Yo solo rememoro que su mano nunca me soltaba. Su cuerpo se estaría combando pero me aferraba como si me estuviera cayendo por la borda de un barco.

Cada año y, como anticipo a las vacaciones de verano, acompañaba a mi abuelo a las oficinas del club de sus amores a renovar los carnets de socios (el suyo, el carné número ciento veintiuno, nada menos). A continuación me invitaba a churros en el bar de enfrente del estadio e íbamos a la tienda oficial a comprar la camiseta del equipo de la temporada entrante. La colección y la vida le abandonaron a la edad de treinta y tres camisetas, (en años, bastantes más). Ahora a la edad de doce camisetas yo prosigo con su tradición pero sin su mirada.