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ANTIDISTURBIOS EN #300PALABRAS

No pensaba llegar a la pluma con este asunto por falta de tiempo con otros menesteres, pero dado que el fango de twitter está moviendo, de nuevo, sus infectos detritus a los maricomplejines y demás gilimonguers con ganas de ablentar su mensaje único, verdadero y descendiente del Olimpo de los dioses del Pensamiento Único, cabe pues una opinión más. Partamos del problema que tienen muchos para diferenciar entre realidad y ficción y del fanatismo en el que lo sustentan —anónimamente en muchos casos— para exponer su imposición que no su opinión. En un mundo en el que se ha democratizado el altavoz popular y el discurso del erudito se equipara con el del gaznápiro, los resultados son los de la cacofónica mezcolanza entre el grano del enjundioso mensaje y la paja del palurdo.
Resulta que Rodrigo Sorogoyen, director de acreditada solvencia, ha tenido el “atrevimiento” de crear una serie en la que el hiperrealismo, el cruce de matices, la personificación de la rabia, la soledad, la violencia, la ambición desmedida, la lealtad y la frustración se entremezclan en una trama ágil, milimétricamente estudiada y devoradora de almas: la de ellos como funcionarios, la de nosotros como sociedad. ¿Qué hubiera pasado si la serie fuera taiwanesa o mexicana? El español, de siempre, le cuesta verse sus miserias mientras adora las de los demás. En el país donde la falta de autocrítica solo es superada por la ausencia de dimisiones y donde los problemas de los demás nos ocupan más tiempo que los propios, ¿qué esperar? ¿Hablamos de los índices de audiencia de Telecirco? Vade retro.
Cuando los palos llegan, llegan para todos. Si solo caen en una dirección es cuando el discurso se vuelve sospechoso. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra y sucesivas.
Homo homini lupus.
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