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SEAN CONNERY

EN #300PALABRAS

Difícil aglutinar en trescientas palabras lo que significa Sean Connery, pero sí para bosquejar lo que es su gran legado en la Historia del cine y en la mía personal. Azares de la vida, fue tentado con 23 años para jugar en el Manchester United, a lo que se negó ya que su sueño era ser actor. Óscar al mejor actor de reparto incluido por el papel de Jim Malone en Los Intocables de Elliot Ness donde fagocitó al resto del reparto con su soberbia actuación. Desde la ronda nocturna en un puente de Chicago hasta su asesinato a manos de Frank Nitti —que para regocijo del espectador acabaría sus días en el coche—. Fue el 007 más rudo, visceral y menos glamuroso. Lejos del estilo y flema londinense de Moore, de la socarronería de Brosnan o de los esteroides de Craig.

Pero fue en 1986 con El nombre de la rosa (premio BAFTA al mejor actor), basado en el libro homónimo de Umberto Eco, cuando el venerable actor escocés se nos quedó a muchos fijado para siempre en la retina con su medida interpretación del fraile franciscano Guillermo de Baskerville. Pero no porque nos identificáramos con él, sino con su pupilo, Adso de Melk. Fray Guillermo fue nuestro mentor en la ficción. Inteligente e implacable. Blandía su oratoria con la derecha y era paciente y firme con la izquierda en la instrucción y la docencia. Sabía de todo y para todo estaba preparado. Veía lo que el alma del hombre quería ocultar y huía del dogmatismo adoctrinador que ejercía la jerarquía eclesiástica contra el vulgo analfabeto y temeroso de Dios y del diablo. Él nos enseñó a ser juiciosos y cautos en la investigación pero implacables en el desenlace.

Bebiste del Grial que sanó tus heridas. ¡Eres inmortal!

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