MIRADAS DE MASCARILLA EN #300PALABRAS

Célebres eran los bailes formales de antaño donde los grupos de hombres y mujeres se miraban desde los lados opuestos de la sala hasta que, por medio de protocolos tradicionales y honrosos se producía la mezcla de ambos sexos de manera púdica y casta en el centro de la estancia. Con un supervisor o párroco decoroso que velaba por que las distancias y los lugares de agarre fueran los correctos, varias generaciones encontraron en estos lances a sus futuras parejas. Fueron tiempos de miradas furtivas, de lenguajes picarones, de abanicos y paipáis, de secretos escondidos en los códigos de vestimenta. El postulante observaba todos los detalles de su entorno y cada gesto se encuadraba en un idioma secreto y concreto que dotaba de significado a toda la escena.

Fue una época donde las palabras se medían y se pesaba su repercusión. Mientras las frases de los enamorados salían entrecortadas, vergonzosas e inseguras, el interpelado era seducido por un lenguaje corporal y un recreo de miradas que fabricaba su propia esencia personal encandilando al otro. Ojos que se adelantaban a la voz para manifestar lo que los labios no eran capaces de traducir. Pestañeos aguzados en morse que escenificaban el apetito y el deseo hacia el observado. Miradas cómplices que intercambiaban una información solamente descodificada por el otro bailarín.

Hoy, el mundo ha cambiado, quizás para siempre. Y los ancestrales códigos con él. Pero la Pandemia nos ha traído, como efecto colateral, la vuelta a escudriñar en los ojos de los demás para intentar averiguar qué se esconde en su insondable mirada escrutadora. Ha llegado el momento de empezar a reconocernos de nuevo por los ojos y no por la voz. Las mascarillas han cambiado las reglas intuitivas para examinar a nuestros semejantes.

Un nuevo juego ha comenzado. Mirémonos de nuevo.

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