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TOMORROW BELONGS TO ME

(El mañana me pertenece)

EN #300PALABRAS

Una celebración campestre. Un día de bucólico verano. Una fiesta rural entre risas, amistad, cervezas… Un conjunto heterogéneo de asistentes de edades y condición diversa. Familias que festejan la llegada del buen tiempo y con ello la esperanza de que sus hijos crezcan en un mundo próspero y acogedor. De repente se alza una voz en primer plano encarnada en la mirada resuelta de un joven rubiales. Se hace el silencio, el momento toma trascendencia. El público escucha con orgullo la letra del aún imberbe mozo que versa sobre el anhelo de futuro y los sueños que están por cumplirse. La música folclórica se eleva por los verdes campos circundantes. Todos los allí reunidos comparten el credo del chico que se afana, orgulloso y vehemente en una soleada mañana. Muchos de ellos se levantan y cortejan la voz del zagal al que siguen con una inocente letra popular que saben de memoria.

La cámara abre el primer plano de la cara del cantante y observamos que viste una camisa parda, un pantalón de pana, un cinturón de cuero con cierre, una correa sujeta al hombro, una pañoleta al cuello, una gorra de uniforme y un brazalete en el brazo izquierdo. El conjunto toma intensidad, la mayoría de asistentes se ensalzan en decibelios y prorrumpen en un coro que eleva su plegaria —y exigencia— a los cielos. Un octogenario no termina de entender muy bien el significado de todo aquello y reflexiona silente, quizás es que lleva mucha guerra en las alforjas. El chaval se cala la gorra, el estruendo es generalizado. La efervescencia es suma. Todos acompañarían a aquel muchacho hasta las mismísimas puertas del infierno.

El chico alza el brazo derecho y saluda con gesto castrense a su congregación. La esvástica luce en el izquierdo.

El mañana les pertenece.

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