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LAS PALABRAS SE LAS LLEVA EL VIENTO EN #300PALABRAS

Transitamos por una inestable sociedad donde las butades de los <<servidores públicos>> son el pan nuevo de cada telediario. Ellos, ajenos al encaje de bolillos de las trincheras del vulgo, se afanan en su pretenciosa, farragosa y vacua jerga politiquera que se escuda en la aparente bula del olvido que les dispensamos los ciudadanos. Esta les exime de toda responsabilidad cuando dicen digo, Diego, y otra vez digo. Tienen dos tipos de votantes: los que prefieren desconocer el percal mientras su recompensa siga en el horno, y los que no están para zarandajas mientras se desloman para que el tipo del banco no les llame a capítulo por sus menguantes cuartos.

Al tiempo que las palabras del olvido se las lleva el viento —también se lleva los documentos firmados, las fotos más variopintas en campaña electoral y las profundas metidas de corvejón en las redes sociales que muchos intentan borrar— los del populacho seguimos caminando por los senderos que ellos nos marcan con luces de Navidad, telebasura de la peor calaña, y el sol y circo tan propio de esta Tierra de conejos. En definitiva, poca zanahoria para tanto palo.

En la escuela no enseñan que las palabras dañan, sanan, dan esperanza, hunden en la miseria, enfrentan o acompañan en el dolor. Según en la voz donde se deposite la responsabilidad de usarlas, son armas de destrucción masiva o la fuente de la vida eterna. Hoy en día se discute con pistolas automáticas sin silenciador —lástima—. Antes, los disparos de los bocachanclas se cribaban en el desprecio del saco roto pero ahora, convertidos en crápulas comunicativos, se regodean desde la atalaya de su púlpito.

El hostigamiento de las palabras necias ya resquebraja las defensas de los oídos sordos más experimentados. Solo es cuestión de tiempo que el muro caiga.

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