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Ayer se estrenó El Irlandés, del señor bajito de cejas pobladas que todos hemos acompañado del moreno azabache a su ya canosidad irreversible. Desde la iniciática Malas calles, pasando por la autodestructiva Toro salvaje, la obra maestra absoluta Uno de los nuestros, la histriónica y anfetamínica Casino, la pantagruélica Gangs of New York o la oscarizada Infiltrados entre otras, el realizador italoamericano ha ido hilvanando desde todas las ópticas el caleidoscópico mundo de la mafia y del crimen organizado.

En 1972 Coppola nos hizo creer que la Mafia consistía en un grupo de señores serios, de inteligencia estratégica, rodeados de glamour, copas de coñac, mansiones a la orilla del lago, noches de ópera y coches de rugiente cilindrada. Mataban o mandaban hacerlo con una especie de desidia lisérgica entallados en un traje de tres piezas con mocasines recién encerados a juego. Al año siguiente Scorsese nos mostró en “Malas calles” que el mafioso es un ser despreciable, con códigos de honor muy discutibles, envidioso, ambicioso y que no ha pasado de la educación secundaria ni tiene reparos en matar vestido de chándal y en deportivas. (Véase el final de “Casino”).

Scorsese siempre nos ha señalado sin artificios ni juegos de manos los procesos de ascenso, auge y caída de los criminales. Seres despiadados que más que fortuna buscan ganarse el respeto bajo el miedo que infunde su estranguladora bota. En “El Irlandés”, en un penúltimo (esperemos) ejercicio de maestría, nos regala un testamento vital con aroma crepuscular del “Sin perdón” de Clint Eastwood. La muerte se vuelve, además de tradicionalmente violenta, también reflexiva y expiativa. Tres horas y media de brillante producción, un montaje brioso y secuencial (¡atención que volvemos al Copacabana!) y una banda sonora brutal con Nino Rotta incluido.

Tú sí que eres el Capo di tutti capi.

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