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Hubo un tiempo en el que no existían los teléfonos móviles. Cuando uno llegaba a una peluquería, clínica dental o centro médico en el que se debía esperar turno, existían dos alternativas: la contemplación del entorno o el auxilio de unas desfasadas revistas del corazón, con más manos encima que la teta de la escultura de la Julieta de Verona. En ocasiones, se colaba en el revistero atemporal alguna publicación médica especializada. Y llegaba el terror: en un ejercicio de funambulismo poético, podías pasar de cotillear la boda de la hija de Lola Flores a intentar sostenerle la mirada a un primer plano de una peridontitis de aúpa digna de la boca de alguna de las brujas de Roald Dahl.

El mundo zombificador y vírico del teléfono móvil nos ha arrebatado la contemplación del entorno. En estas salas de espera donde el tiempo se detenía se podía espiar cómo la recepcionista hablaba telefónicamente por lo bajini con el novio; comprobar cómo los padres mentían a sus hijos diciéndoles que no les iba a doler la vacuna; observar subrepticiamente a una pareja cogida de la mano a la espera del resultado de una prueba diagnóstica o a una novia, atacada de los nervios, siendo peinada mientras farfullaba por teléfono a los del catering que era impepinable que los segundos no salieran fríos.

Hoy en día, los <<bipsss>> han copado el espacio público con el beneplácito de unos padres que prefieren la sinfonía molesta y maleducada de sus hijos siempre que, a cambio, los “benditos” sean criados directamente por el magnetismo del Gran Hermano. Pero las revistas seguirán allí como símbolo de rebeldía. Ellas llegaron antes y puede que, tras el próximo pulso electromagnético global, se regodeen de su supervivencia cubriendo los enlaces entre los primogénitos de las tribus postapocalípticas más granadas.imageedit__7201198119

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