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VERNE

Lo primero que puedo recordar, y eso que aún no podía abrir los ojos, es la prieta unión con una superficie pulsante, blanda y caliente, además del olor dulzón de algo que me hacía sentir protegido. No sabría decir cuánto duró aquello, pero el contacto con esa piel pacífica y el aroma que me encadenaba a aquel cuerpo desaparecieron súbitamente. En la nebulosa, creo acordarme de que lloré durante una larga noche y de que apenas comí durante el resto del día. Todavía hoy intento atrapar esas notas de fragancia huidizas aunque no he vuelto a saber nada más de ellas. He olido muchos culos desde entonces, pero ninguno me crea aquella sensación de serenidad y sosiego.

            Tras mis primeros sollozos me crié con unos hombres altos vestidos de verde que decían que yo tenía una gran misión en mi corta vida. No se cansaban de repetirlo. Partían siempre de un tono grave y, en el momento en el que finalmente yo comprendía qué querían que hiciera, se desinflaban con elogios desmesurados en un tono bobalicón para, a continuación, dejarme hincarle el diente a alguna golosina. Me gustaba mucho más el tono bobalicón. A veces, con el otro tono, me sentía algo frustrado. Huele por aquí, huele por allá, vacía el pis en sitio y hora, vacía la caca al toque de vísperas, muévete con arte de bulería, muere como un mimo… Todo se me daba bien… Más golosinas. Me conocía todos los rincones de aquella instalación; sus tubos, sus trincheras y sus escondites. No me exigían mucho, decían que cuando tuviera un año empezarían con el adiestramiento de verdad. Era divertido, hasta que llegó el día de la piscina.

            Siempre mis pies habían tocado algo duro, pero aquel día fue diferente. Ya desde arriba aquello se veía como un gran charco. Sin más, me soltaron de un salto y caí en aquella superficie que me dejaba solamente el hocico al aire para poder respirar. Pateé lo más fuerte que pude en dirección a los gritos de otro hombre de verde que estaba situado al final de aquella superficie infinita, pero, y no sé en qué estaría pensando, se me cruzó un bichito negro con dos pequeñas patitas y, en lugar de seguir nadando, me metí hacía el fondo a por él (¡golosina a la vista!). Cada vez me dolía más el pecho pero, incansablemente, yo seguía buceando. Y fui rápido, porque le eché el diente justo en el momento en el que una fuerza terrorífica me tiraba del cuello hacia arriba. Ya fuera, mi adiestrador de verde utilizó un tono gravísimo conmigo, pero también le vi que le temblaba levemente el labio y cómo una lágrima (de esas que yo conocí de recién nacido y nunca más han vuelto a mis ojos) asomaba en su cara. Al día siguiente de mi collar colgaba una pequeña chapa que brillaba cuando le daba el sol. Comenzaron a llamarme Verne. Y nunca he sabido muy bien el porqué.

            A la semana siguiente, y todo fue muy rápido, se presentaron tres  personas (las primeras que había visto que no iban vestidas de verde). Dos de ellas de una altura parecida a la que yo estaba acostumbrado pero la tercera, aunque más alta que yo, era minúscula. Mientras mi adiestrador y la pareja se metieron en el edificio de oficinas (al que yo nunca había entrado), Juan, El minúsculo, se quedó conmigo. Conectamos inmediatamente. Sería por su corta estatura pero su lenguaje era completamente diferente al que yo estaba habituado (100% bobalicón, 0% grave). Supongo que por eso me dio menos pena irme de allí. Escuché que decían “familia de acogida”, aunque tampoco sabía muy bien qué significaba aquello. Casi siete meses (eso dijeron) estuve con ellos en una casa con jardín, (muchas golosinas, casi ninguna obligación, algún pinchazo de vez en cuando de un hombre vestido de blanco, carreras por sitios llenos de árboles y conejos o acurrucarme con el pequeño Juan en la cama de su chenil). Y, de nuevo, súbitamente de vuelta con los antiguos hombres de verde (conseguí aprenderme, ya por fin la palabra: benemérita). Al separarnos Juan lloró más que yo cuando era bebé y no podía abrir los ojos. Creo que en aquel momento entendí muchas cosas sobre los hombres altos.

            Me dijeron que cumplí dos años. Al poco tiempo nos pusieron a todos los perros en fila junto con nuestros adiestradores (raro, raro). Un tipo alto, pero un poco más gordo que los de verde y con cosas colgando de la pechera nos dijo que éramos todos muy valientes y los mejores entrenados. Que buscaba un voluntario para una misión que pasaría a la historia… Y entonces dijo la palabra mágica. Fue escucharla y me solté de mi adiestrador, corrí a los pies del gordo de azul oscuro, me senté sobre mis cuartos traseros, alcé una de mis patas al aire e, inmediatamente, me tumbé a sus pies. Me cogieron a mí. No lo haría tan mal entonces.

            Perdí la noción del tiempo. Ahora debo de tener sobre unos cuatro y medio. Ha sido un entrenamiento muy duro encerrado en cápsulas de aceleración. He pasado por muchas batas blancas, por la piscina más grande que he visto nunca, por carreras interminables, ruidos insoportables, pruebas de fuego… Pero todo lo he podido soportar y superar para volver a ver a Juan. Mi amigo minúsculo siempre decía que él y yo algún día viajaríamos a Marte y exploraríamos juntos el planeta entero. Gracias a Dios, cuando se presentó aquel tipo vestido de azul y pidió un voluntario “para ser el primer perro que viaje a Marte”, yo sabía que allí estaría Juan esperándome.

            Miro por la ventana y veo una pelotita que se va haciendo cada vez más pequeña. Después del arduo entrenamiento, ahora solamente me quedan 227 días para volver a ver a Juan y explorar los dos juntos todo lo que él quiera en modo 100% bobalicón. Y espero que haya conejos, será mucho más divertido.trans