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VACUNA/DOS

En los medios informativos les llamaban héroes por quedarse en casa. A Rubén aquel lema le daba un poco de vergüenza ya que él tan solo aspiraba a que su vecina de rizada cabellera le hiciera caso.

       En aquellos días el heroísmo consistía en que, mientras unos salían para batirse en duelo contra un bicho invisible, otros se quedaban confinados esperando a que la vida despertase de la hibernación. Así se encontraba un muchacho, varado entre sus apuntes de cuarto de Ingeniería de Montes, los bizcochos de su padre y las videoconferencias de su madre. Las ventanas de su vivienda daban a los espacios comunes de la urbanización. Al principio, las terrazas solo se ocupaban fugazmente para el aplauso de las ocho e, inmediatamente, caía una lluvia de estores que duraba hasta el día siguiente. Progresivamente, los vecinos empezaron a desayunar en pijama y a sacar sus ordenadores para teletrabajar. Ante tal espectáculo, Rubén no dejaba pasar la oportunidad para otear y apodar a sus vecinos más característicos: El operetas, Jimmy el colorines, El afectado, La abuela blanqueante… Un pasatiempo que le sacaba de los estudios y del asedio de tanto guasap reiterativo y alarmante.

       Hasta que apareció ella.

       En la terraza del tercer piso del bloque de enfrente una chica de veintitantos con un vestido floreado estaba sentada con los pies descansando encima de una mesa metálica; leía un libro mientras se aseguraba un rizo rebelde detrás de la oreja izquierda. A Rubén le intrigó saber qué estaría leyendo la chica. Cogió los prismáticos de su padre sin preguntar, ya que no parecía muy honrosa aquella acción de espionaje. Solo adivinó a confirmar el apellido: Cooper; del título nada. Entonces ella levantó la mirada y  se topó con sus ojos castaños. Aguijoneado por la culpa se lanzó al suelo <<la había fastidiado>> pensó. Miró de nuevo discretamente. Ella se había ido.

       En Google averiguó que se podría tratar de un tal James Fenimore Cooper. Su libro más conocido era El último mohicano, pero a saber si sería ese el que estaba leyendo ella. Rubén había visto la película hace años y creía recordar el tema musical principal. Le cautivó una idea descabellada. Recuperó su guitarra abandonada en el trastero desde hacía años y ensayó.

       Pasó dos días sin noticias. Al tercero, la chica retomó la lectura, era su momento. Rubén se plantó en la terraza y comenzó a tocar. Al segundo acorde se lió; obvió el fallo, continuó, pero se equivocó en el mismo punto de nuevo. Miró al frente. Allí estaba ella escuchándole con el libro posado sobre las piernas. Le atenazó la rabia, resopló y se metió para dentro enfurecido. Siguió practicando pero solo por amor propio, se juró que nunca volvería a dar aquel triste espectáculo.

          Y llegó El día de la salida.

         A las doce de la noche de aquel domingo se levantaba el confinamiento. Los vecinos  tenían prevista una quedada multitudinaria con música y cena incluida. Rubén ya dominaba el tema a la guitarra, pero no quería caer de nuevo en su anterior derrota, hasta que escuchó a Jimmy el colorines, vestido de flamenca, tocando su tema mohicano con una cacofónica armónica. <<¡Venga ya coño, no me lo creo!>> maldijo Rubén entre dientes. No dejó que terminara. Agarró la guitarra. Iba a por todas, a por la versión de seis minutos. La chica no estaba en la terraza, pero eso no importaba. Tocó con tanta sed que no se percató de que Jimmy abandonaba la armónica para escuchar su versión. La guitarra arrastró a las terrazas a un nutrido número de vecinos. Rubén no los veía, solo sentía las cuerdas que acariciaba. No se sentía complacido ni agradecido, sino victorioso. No era el tema bien interpretado sino, seguramente, la rabia acumulada de la cuarentena.

      Abrió los ojos y allí estaba ella, con el mismo vestido floreado del primer día en que la vio. Aplaudía, sonreía ufana. Le hizo un gesto enseñándole la palma de la mano en modo <<stop>> o <<espera, espera>> y entró dentro de casa. Al instante salió y blandió triunfante el libro por encima de la cabeza. Ambos se miraron entre unos aplausos que sonaban amortiguados.

      A medianoche todos cantaron la cuenta atrás desde sus atalayas y rompieron en un aplauso de varios minutos. Los ascensores y las escaleras bulleron de actividad. Casi doscientas personas se juntaron en las zonas comunes. Dispusieron mesas y sillas. Aparecieron tortillas, botellas de vino, empanadas, magdalenas caseras… El operetas intentó cantar en tres ocasiones pero no le dejaron llegar al estribillo, Jimmy el colorines bajó disfrazado de hippie pero se tuvo que quitar la barba falsa porque se le manchaba con la salsa de los macarrones y La abuela blanqueante le recomendaba que tuviera cuidado, que eso no salía. Solo en el grupo de El afectado corría la pesadumbre sobre el panorama futuro; todo lo demás era algarabía y festejo. Rubén bajó únicamente porque sus padres se lo pidieron. <<¡Ah y baja la guitarra, a lo mejor hay oportunidad…>>. Algunos se acercaron para felicitarle por su guitarreo, pero no ella. <<Gracias a Dios>> pensó, no creía saber cómo reaccionar.

       Tras comprobar que la noche no estaba para guitarras << el dj oficial estaba con los clásicos de los ochenta…>> y, sabiendo que si subía a casa a dejarla ya no bajaría, la puso en una mesa donde ya se habían apartado los platos vacíos de la comida. Fue a inspeccionar cómo andaban de víveres las mesas restantes mirando de reojo a la guitarra, no fuera a ser que de tanta celebración a alguno se le alargara la mano. A la vuelta, la guitarra seguía en su sitio pero, sobre ella, descansaba un libro con una ilustración en la portada de un tomahawk en manos de un indio con un peinado salido del punk de finales de los sesenta.

       Rubén y Paloma tuvieron que quedarse una larga temporada en casa para que el amanecer de su primer día juntos los encontrase entrelazados con los ojos cerrados.

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