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COLAS DE SIRENA

—Nada, hermana, nada. No te sueltes de mi mano.

—No veo nada, tengo frío. ¿A dónde me llevas?

Una sombra les seguía de cerca. Era más grande que las dos niñas que buceaban cogidas de la mano sin aparente rumbo.

—¿Dónde me llevas? —insistió la más pequeña—. Está todo muy oscuro, tengo miedo. —La pequeña miró hacia arriba. La superficie se perfilaba cálida en la lejanía—. A lo mejor si fuéramos hacia aquella luz…

—Esa luz ya no es la nuestra, no nos pertenece, lo comprobé mientras te buscaba… Pero no te pares, sigue buceando, lo tenemos muy cerca y no podemos dejar que nos coja.

La sombra se relamió en la persecución, se regodeaba de sus actos. Ufana, prepotente, sabedora de su inconmensurable poder sobre aquellas dos que le llevaban poca ventaja. En la fría oscuridad sus movimientos eran más rápidos y seguros. Se encontraba en su propio medio, jugaba en casa. Toda su vida había ocultado su verdadera naturaleza con una piel cálida y reconfortante para los que le rodeaban, pero con un insondable vacío en su interior. Nunca se resistió a su llamada, hasta el día en el que el vacío tomó el control aprovechándose de su debilidad.

—Pero, hermana, ¿por qué huimos… —Se giró para mirar a la sombra perseguidora—… si parece que es…

—No, no lo es. Ya no lo es… Seguramente nunca lo fue. Solo quiere nuestro mal y el de mamá, pero no te sueltes. Nada, nada con fuerza. Ya casi estamos. Solo un poco más…

Entraron en una estrecha brecha abierta en el lecho marino. Un corte longitudinal que se perdía en el horizonte oceánico. La sombra se introdujo a continuación en la abertura, pateó el agua con fuerza y alargó la mano hacia la pantorrilla de la pequeña inexperta nadadora, la tenía tan cerca… Abrió la mano para atraparla.

La mayor tiró de la pequeña y la introdujo por una oquedad de la roca. El conducto era ancho y estaba iluminado por pequeñas piedras iridiscentes que marcaban la ruta. La sombra se pasó de frenada, retrocedió y se introdujo en la gruta. El brillo verdoso de las paredes le dañó, algo de su grandeza se encogió, pero continuó su desquiciada carrera.

Pocos segundos después y, al límite del agotamiento de las hermanas, la gruta se dividió en dos. En el lado derecho las esmeraldas brillaban con mayor intensidad. Refulgían con fuerza. El lado izquierdo se abandonaba a una oscuridad absoluta. Las chiquillas tomaron la ruta iluminada. La sombra, que se había quedado un poco rezagada en la persecución, por puro instinto, tomó su camino natural.

Las dos hermanas llegaron al final de la gruta que se abría a una inmensa cueva marina donde se adivinaban figuras natatorias parecidas a ellas, pero mucho más expertas. Jugaban, se divertían, brillaban en mil colores, reían, cantaban…

Una imponente figura custodiaba la entrada.

—Hola, ¿podemos pasar? Somos mi hermana y yo, y nos persigue una sombra malvada —se explicó la mayor de las dos.

—No, ya no, ya no os persigue nadie. El mal siempre busca su camino natural. Tomó el recodo izquierdo de la gruta. Y allí se perderá para siempre. Vosotras podéis pasar y descansar. Conozco la tragedia y la pérdida de los que llegáis hasta aquí, pero podéis estar tranquilas, esta es vuestra nueva familia. Vuestra nueva y esperanzadora vida.

Ambas entraron. Las recién llegadas fueron recibidas con afecto y cariño. Rápidamente se unieron a su nueva comunidad. Las dos hermanas se abrazaron, las lágrimas se confundían con la salinidad del océano que en aquel punto brillaba más que en ningún otro lugar.

La mayor dejó un momento a la pequeña al cuidado de sus nuevas y luminosas amigas y se dirigió a la figura que hacía guardia en la entrada de la gruta que les había llevado hasta allí y que ahora estaba cerrada por unos barrotes de luz.

—¿Qué le pasará a la sombra que nos perseguía? —preguntó.

—Nada que no esté en su naturaleza. Vagará eternamente por una red se túneles infinitos donde le espera el peor de los suplicios, martirios y torturas. Si en la calma de la noche prestas atención cuando todo el mundo duerma podrás escuchar unos gritos lejanos, serán los suyos. Los gritos de quien no hallará nunca la paz.

La figura miró a la pequeña con una sonrisa bondadosa y añadió:

—Pero no hablemos de quien no merece palabras. El olvido será su único premio. Ahora ve con tu hermana, tenéis mucho que hacer. ¿Os gusta pintar?

—Mucho.

—Pues daos prisa que hoy hay taller para pintaros colas de sirena.

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