DICHOSOS CORDONES

Virginia estuvo pensativa durante el vuelo de Madrid a Auckland.
Su temporada en el Atlético de Madrid fue de menos a más. Con la selección, dos salidas en el segundo tiempo como refresco para frenar las acometidas al contraataque de húngaras y ucranianas le valieron ser convocada por Jorge Vilda para la cita mundialista. Eden Park vería debutar a España en la Copa Mundial Femenina de Fútbol de 2023 organizada por Australia y Nueva Zelanda.
Virginia saltó de sus pensamientos cuando vio tierra por la ventanilla en un grisáceo y plañidero día neozelandés. Toda su vida le había llevado hasta ese momento, o eso creía.
Pasaron la fase de grupos con dos empates y una victoria. Superaron octavos por la mínima, en cuartos golearon, en semifinales sufrieron lo indecible, pero un gol acrobático de Putellas en la prórroga las catapultó a la final en un abarrotado ANZ Stadium de Sídney. El rival: EE. UU., la intratable tetracampeona con una casi cuarentona Megan Rapinoe con ansias de retirarse por todo lo alto.
Los nervios, la ansiedad, un defectuoso pase en horizontal y una maradoniana contra letal de Alex Morgan pusieron el cero dos en contra al descanso.
Camino del túnel de vestuarios el desánimo era manifiesto. Les habían jugado de tú a tú a las intocables estadounidenses, pero sin acierto. Jorge Vilda eligió un discurso de emergencia para levantar la mirada alicaída de las jugadoras. Con una mezcla del Invictus de William Ernest Henley “…Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma” y el discurso del histriónico Pacino en Un domingo cualquiera “…jugada a jugada, pulgada a pulgada…”, las cabezas se fueron levantando. Tras la épica, llegó el plan: “imaginaros el centro del campo como el corte de un abismo, si retrocedemos nos caemos en él, ni un paso atrás, presión, asfixia, hasta el final, a derribar el portón, todas sois parte de un mismo ariete…”.
Las jugadoras salieron convencidas de que ninguna caería en el abismo y de que morirían en el campo rival durante los siguientes cuarenta y cinco minutos.
—¡Dichosos cordones!
Virginia notó la rotura del cordón de su bota izquierda mientras subía las escaleras hacia el campo. Salió corriendo al vestuario para cambiárselo. Lo cogería, volvería, y se lo pondría pidiendo a la cuarta árbitra que le diese dos minutos…
Entró a tal velocidad que resbaló gracias a la mala compatibilidad de los tacos de las botas con un suelo con salpicaduras de sudor y bebidas isotónicas. Se cayó. En otro momento hubiera maldecido de rabia, pero se levantó, fue a su taquilla y recogió los cordones. La premura del momento le impidió observar que, en el lugar del impacto, se había instalado una baldosa de distinto color al del resto, con una pequeña inscripción en maorí en una de sus esquinas.
Virginia salió del vestuario con más precaución no fuera a ser que…
—¡Pero qué demonios…! —exclamó.
Las luces principales del pasillo estaban apagadas.
Se guio por las de emergencia. Llegó al pie de las escaleras del campo, pero algo fallaba. Toda la cartelería había desaparecido siendo sustituida por imágenes de futbolistas que no conocía y una marca de bebidas de extravagante color.
Virginia saltó al campo. Un silencio sepulcral y la ausencia total de espectadores le hicieron pensar que estaba soñando.
—Señorita, disculpe, ¿qué hace aquí?, ¿por dónde ha entrado?
Un hombre achaparrado de cejas enjutas se acercaba a ella. Su uniforme de un gris sucio delataba su oficio. Virginia se quedó petrificada ante aquel hombre fatigado.
—Yo, esto yo, no sé, yo estaba, y ahora… —balbució.
El hombre llegó a su altura y abrió los ojos con grata sorpresa.
—No puede ser, pero si es igualita, ¿es la hija, la nieta?
—¿Cómo?
—Sí, de Virginia Torrecilla, ¡qué recuerdos! Haberlo dicho antes, aunque no debería haberse colado, pero bueno, no pasa nada. Ha vuelto al lugar del crimen, ¿no? —Rio el vigilante—. Yo entonces era recogepelotas, nunca lo olvidaré, aunque pasen treinta años más.
—No entiendo lo que…
—No seas modesta. Pocos equipos llegan hasta la tanda de penaltis contra EE. UU. La pena fue fallar el último lanzamiento. La portera ya se había vencido hacia el otro lado, si el balón no hubiera ido tan ajustado, habría sido gol, ¡condenado palo!… Pero, claro, solo falla quien lo tira.
Virginia, presa del pánico, salió corriendo hacia el vestuario. La voz del vigilante, que intentaba tranquilizarla, se perdió en la lejanía. Llegó con fuertes palpitaciones, tiró de la puerta, entró y cerró, pero allí no había ningún vestuario, sino un almacén con todo tipo de restos de mobiliario. Lo único inmutable de la sala era la extraña baldosa en la que Virginia no reparó, pero sí pisó sin querer.
Llamaron. La puerta se abrió.
—Vamos, Vir, ¿te ayudo?, hay que darse prisa, ¿estás bien?, ¿y esa cara de susto?
El utillero la acompañó al campo y le sustituyó el cordón. Mientras, Virginia miraba a su alrededor ante el rugido de un público enfervorecido. Nada había cambiado, <<¿pero cómo?>>…
Comenzó la segunda parte.
<<El abismo de Vilda>>, como se denominó al empuje brutal en la presión tras pérdida en campo contrario, consiguió cerrar a las estadounidenses en su campo. Patri Guijarro soltó varias veces la pierna desde el borde del área, una vez de rebote y otra con maestría, España empató a dos. La prórroga solo sirvió para acalambrar y extenuar a las jugadoras.
Llegaron los penaltis. Virginia se postuló para el quinto. Cuando llegó su turno, Sandra Paños ya había sacado una mano baja para parar el potente disparo de Rapinoe. El balón se fue por la línea de fondo. Un joven recogepelotas le tendió el balón a Virginia. El chaval esbozó un good luck con los labios.
Virginia besó el balón y lo situó en los once metros.
<<…si el balón no hubiera ido tan ajustado…>>.
Tomó carrerilla.
<<…habría sido gol, ¡condenado palo!…>>.
Respiró profundamente.
<<Pero, claro, solo falla quien lo tira…>>.
Esta vez no ajustó tanto.
Y lanzó.