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LOS TRES FANTÁSTICOS

Por el camino rural culebreaba un fino dorondón que se arremolinaba alrededor de la calma noche. La luna, maestra saltimbanqui, asomaba, a ratos, ambos cuernos entre el gris reinante. Nadie se había aventurado por aquel paraje pirenaico desde la mañana.
Unas voces invisibles rompieron la quietud de la gótica naturaleza muerta.
—No, Melchor. Dime que no lo vas a hacer otra vez, vamos con prisa, ya sabes que todo esto no se reparte solo.
—Será solo un momento. Algún día me tiene que salir sin usar el clic —respondió Melchor mientras se reacomodaba las gafas sobre el puente de la nariz, se ajustaba los níveos guantes y se calaba la corona.
—Vamos, Melchor, yo confío en ti, pero que sea rápido, hermano, que te lías a la mínima. —Una nueva voz sonó desde la cola de la procesión.
En mitad de la solitaria vereda se aparecieron tres figuras sobre sus imponentes camellos engalanados para la ocasión y con las caderas repletas de paquetería. La desapacible noche no dejaba ver más allá de unos pocos metros hasta que una aureola brillante envolvió al grupo de jinetes de forma súbita. Manifestación que no pasó inadvertida a una pareja de guardias civiles que mataban la noche en el coche patrulla con unos bocadillos de gasolinera y el eterno bucle radiofónico de Kiss FM.
—¡Pero, qué coño!… —acertó a mascullar el sargento mientras tiraba de la manija de la puerta del copiloto.
Sergio, su compañero de reciente ingreso al Cuerpo, hizo lo propio por su lado mientras una desinhibida Kylie Minogue cantaba un tema ochentero.
   —¡Alto a la Guardia Civil! —gritó el sargento mientras el novato dudaba en si echarse la mano a la pistola o no. Decidió copiar a su superior y no hacerlo.
Los tres camellos se pararon a escasos metros del 4 x 4 de la benemérita.
—Acaso no saben ustedes que la frontera está cerrada por el Covid —interpeló de nuevo el sargento.
—Estos no son los magos que buscáis —respondió Melchor.
Baltasar negó con la cabeza desde el fondo de la comitiva.
El sargento escrutó con extrañeza la cara del abuelo disfrazado.
—Por favor, bajen de los camellos, quítense la barbas y muéstrenme DNI o pasaporte. —Miró al fondo de la comparsa—. Y el de atrás se puede ir limpiando el betún de la cara para identificación.
—Señor, soy negro —se escuchó desde el fondo.
El sargento, azorado por su poco tacto, rectificó:
—Pues usted disculpe; es el primer Baltasar que veo que no está pintado… Bajen y díganme qué llevan de equipaje. ¿Tienen algo que declarar?
—Regalos para los niños y cinco mil kilos de carbón —respondió Melchor.
—Tanto no cabe en esas alforjas, no me mienta —censuró el sargento.
—Recuerde que somos magos. Cinco mil kilos de la mejor antracita asturiana y dieciséis millones de regalos —especificó Melchor.
El sargento obvió la mofa del barbudo y se centró en el aspecto legal.
—¿Tienen factura de la mercancía?, ¿el carbón es de verdad o de azúcar?
—¿Factura?, pues claro que no —respondió Melchor—. Y es negro, el carbón es real y negro como mi cara —intervino Baltasar y los tres reyes rieron.
—Caballero siento si lo de antes… —Al sargento le empezó a enervar la situación, él que estaba tan calentito dentro del coche—. ¡Venga, todos abajo!, tengo que llamar al SEPRONA y al servicio aduanero.
—Lo que usted mande señor, pero antes le contaré una breve historia que ocurrió una noche como hoy de hace poco más de dos mil años. Me ahorraré detalles ya que entiendo que algo sabrá de historia bíblica… El caso es que Herodes no nos lo puso fácil mientras las guardias romanas se reproducían por toda Judea. La noche que llegamos a las afueras de Belén nos quisieron confiscar el oro y el incienso; la mirra ni la tocaron, ninguno de ellos sabía para qué servía aquella resina amarillenta. Baltasar, Gaspar y yo accedimos al requerimiento de la patrulla de ocho soldados ya que todavía no teníamos los poderes con los que nos agasajó el Niño… Pero Numancio desenvainó su falcata ibérica y, al grito de <<por mis pequeños inocentes>>, se llevó, tras cruenta batalla, a toda la patrulla al infierno, aunque las heridas sufridas lo desangraron minutos después. Era un buen astrónomo, el mejor de nosotros, lástima que no pudo llegar a ser mago; el encuentro con el Niño seguro que le hubiera dado el juicio y la mesura que le faltaban. Esa noche llegamos los tres a un apartado establo en el que se empezaba a congregar una notable multitud… El resto ya lo conocerá.
El sargento explotó.
—O SE ME BAJAN DE LOS CAME… —Un clic le reverberó en la cabeza, un destello a bajísima frecuencia, un pulso que le recalibró el vello y se lo puso tieso al tiempo que se le calentaba la riñonada. Se quedó hierático en mitad del camino.
El guardia Ginés, novato en estas lides conflictivas, miraba con curiosidad la tragicómica escena. Melchor posó sobre él su inquisitiva mirada y habló:
—Chico, tú sí te has creído la historia, ¿verdad?
Este pronunció un tenue <<sí, señor>> y se metió en el vehículo.
—Eso me pareció —zanjó Melchor mientras la comitiva pasaba el registro rutinario del cierre perimetral. El sargento se echó a un lado con una sonrisa bobalicona y el cuerpo vibrando en una extraña sintonía.
Cuando los tres magos rebasaron el control se volatilizaron. El sargento volvió a notar el frío nocturno. Se espabiló. No sabía qué hacía fuera del coche: <<¿habré salido a mear?>>.

Unas leves huellas de camélidos se dibujaron en el suelo terroso de camino a Jaca.
—¿En serio, Melchor?, esto es nuevo, ¿Numancio?, ¿en serio?… —Gaspar negaba con la cabeza mientras se mordía el labio inferior.
—Al menos uno de los dos se lo ha creído sin usar el clic, voy mejorandorespondió Melchor.
—¡Vaya nochecita! —sentenció Baltasar mientras apuntaba los nombres de los guardias civiles para tener un detalle especial con sus hijos. Qué menos.
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